Con esta pregunta se han encontrado más de uno cuando en plena noche de pasión de un viernes o sábado cuando, el flamante novio, marido o pareja a secas, pone sobre la cama un consolador de considerables dimensiones.

Color carne, osea realístico, o lo que es más impactante, de color negro y sin bajar de los 23 centímetros, el consolador luce como si de una metralleta cargada se tratase mientras ella no sale de su asombro y él dibuja una sonrisilla en su cara sin saber muy bien cuál es la respuesta. Sospecha que si no acierta con la explicación, la bronca le obligará a dormirse sin haberlo disfrutado con su chica. O si es la idónea, le reportará justo lo que quería, cumplir una de sus miles de fantasías eróticas.

Y no es que las algunas mujeres sientan rechazo hacia un consolador o un vibrador, es que muchas prefieren decidir en conjunto, tanto el momento de usarlos como el de repasar juguetes eróticos en el sex shop.

Y una escenita como la que acabamos de recordar a los lectores no es ninguna rareza en parejas cuya vida sexual funciona tradicionalmente bien pero empieza a ser un clásico tan clásico, que falta algo de morbo, chispa y trasgresión. Vamos, que un consolador ya se necesita aunque sea para tardar más de media hora en retozar y llegar al clímax, suponiendo que lleguen los dos.

Señores, que los hay de cristal, de metal, enormes, con base escrotal y sin ella, penes de actores –éstos se usan con una pareja muy “cachonda” o en su defecto, mejor a solas-, consoladores de gelatina, dobles, anales y negros. Ya hay que ser muy negativa para hacerle ascos a cualquiera de estos consoladores fabricados con la última tecnología, nada de reliquias.

Porque siendo los clásicos juguetes eróticos con los que “abrir boca”, por ponerle un símil expresivo, alguna representante del sector femenino se pone tensa si le sorprenden con un dildo triunfal. Otras no. Otras reaccionan como campeonas como buenas amantes que son y se lanzan a cumplir con las expectativas propias, de su pareja y hasta del consolador por ser bien recibido.

Y poco más. Que las parejas decididas y con poderío saben lo que tienen que hacer cuando llega la sorpresa, ya venga del marido o de la esposa, que también las hay guerreras y por todas ellas hay que romper una lanza y un consolador. Luego ya te compras otro.