Valeria era una jovencita italiana que, por motivos de trabajo, se vio obligada a trasladarse hasta España, y más concretamente, a una gran ciudad de Galicia. Al principio a Valeria le costó mucho aprender y asimilar las costumbres gallegas, pero el paisaje de aquella ciudad que la despertaba cada mañana la tenía enamorada, y era algo que compensaba el resto de dificultades.

Cuando por primera vez se presentó en su nuevo puesto de trabajo en Galicia, Valeria estaba muerta de los nervios. Tenía confianza en su forma de trabajar, pero le preocupaba la impresión que podía causar en los demás, ya que no estaba habituada todavía a las maneras españolas. No obstante, salió airosa de la situación; ejerció sus funciones con total celeridad y se relacionó con sus compañeros sin dificultades. Algunos dirían que causó un fuerte impacto entre la plantilla masculina. Su pelo castaño caía en una cascada ondulada sobre sus hombros y sus pequeños y afilados ojos verdes dibujaban una mirada de dureza que contrastaba con su dulce y sonrojada sonrisa. Esta aparente antítesis provocó más de una mirada abstraída y de anhelo que no pasó precisamente desapercibida; Valeria sabía qué efecto causaba en los hombres.

Los nervios que había causado la incertidumbre de llegar a un lugar nuevo se esfumaron y acabó su jornada laboral sin percances y exitosa, de manera que Valeria salió de las oficinas y se dirigió a la estación de taxis con intención de ir al centro de la ciudad a comprarse algo de lencería; estaba muy contenta de sí misma y se quería dar un capricho.

Se le fue disipando el buen humor a medida que pasaban los minutos y ningún taxi parecía de servicio para recogerla. Además, el banco era especialmente incómodo y se le estaba agotando la paciencia. Entonces, un coche de color gris se paró ante ella.

—¿Le puedo ayudar en algo, señorita? ¿Quiere que le acerque a algún sitio? —Valeria se quedó paralizada al escuchar la voz de aquel hombre, que era, casualmente, la más sensual que jamás había escuchado. Nunca le había pasado algo por el estilo, ningún hombre jamás había noqueado sus sentidos tan sólo con su voz. Miró por la ventanilla, pero solo vio su reflejo; achicó los ojos, pero nada.

—No, sé… señor. Estoy esperando a que pase un taxi, pero muchas gracias por su… su atención. —Logró tartamudear.

La puerta del copiloto se abrió automáticamente, y el caballero acercó su cuerpo hacia la puerta para dejarse ver ante Valeria. Era un hombre moreno, mayor que Valeria, aunque era evidente que con su vestimenta quería demostrar lo contrario. Valeria se quedó embobada mirándole a los ojos, que eran verdes como los suyos.

—Perdona que no me haya presentado antes. Mi nombre es Tómas, Tómas Brown. Hijo, dueño y accionista de Brown´s Factory. Siento haber sido tan descortés y no poder haber acudido a la presentación de esta mañana, porque usted es… Valeria Latona, ¿verdad?

Valeria asintió con la cabeza y como un robot se subió al auto gris de su jefe. Le pareció un poco extraño que el dueño de la compañía la reconociera casualmente en la estación de taxis, pero después de unos minutos en el coche, la tensión se fue disipando y poco tardaron en acabar hablando como si fueran amigos de toda la vida, contándose anécdotas y desdichas vividas. Se abstrayeron tanto en su conversación, que Valeria no se dio cuenta de que Tómas la había llevado hasta la puerta de su casa. Se quedaba sin lencería nueva, meh.

¡Tú sí que tienes la oportunidad de comprar la mejor lencería ahora!

 

Para compensar una pérdida por una alegría, esta no dudó en invitar a su jefe a una copa para agradecerle que la hubiera llevado a casa. Pero una copa se acabó convirtiendo en dos, tres… El alcohol les comenzó a pasar factura. Los temas de conversación fueron cambiando, ya no eran conversaciones joviales, ni cómicas.. ahora hablaban de temas calientes. Comenzaron a hablar de ropa y acabaron hablando de sexo y de posturas sexuales.

Mientras hablaban, el ambiente se iba caldeando. Valeria tenía demasiado calor y se fue a poner “cómoda”. Minutos después, Tómas casi se muere atragantado al ver salir de su habitación a Valeria; llevaba el pelo suelto y sus gafas habían desaparecido. El traje de ejecutiva con el que iba vestida antes se había convertido en un picardías de seda negro semitransparente, que le cubría poco más abajo de los muslos. Valeria era aficionada a la lencería sexy.

Tómas no pudo evitar aflojarse el nudo de la corbata y desabrochar los dos primeros botones de su camisa, su empleada le estaba excitando de una manera que no era normal. El alcohol que corría por sus venas le causaba un calor que le estaba poniendo muy tenso, cosa que no pasó desapercibida. Valeria tenía ante sí a este hombre atractivo y muerto por sus huesos, por eso, no pensaba dejarlo escapar. Tómas era un hombre muy deseado entre todas las mujeres y Valeria no iba a perder su oportunidad.

Con paso lento y decidido sobre sus tacones de aguja brillantes, Valeria se acercó a su jefe. Se inclinó ante él para llenar su copa y cuando fue a beber no apartó la mirada de la suya. Tómas inconscientemente mordía su labio inferior mientras veía como su empleada bebía de la manera más sensual que había visto nunca. No sabía qué estaba pasando con la nueva empleada, pero ésta, en tan sólo una tarde, le había hecho perder la cabeza.

Tómas no aguantó más, y como quien no quiere la cosa, acabó posando su mano sobre los muslos de ella. Estaban bailando una canción imaginaria, porque nadie había puesto música, pero para ellos eso no era lo importante. Con los cuerpos pegados bailaban al son de una canción, mientras que sus manos iban jugando por sus cuerpos. Él acariciaba de arriba a abajo las piernas de Valeria, mientras que ella jugaba a hacer círculos con las manos sobre su ancha espalda.

Bastaron pocos minutos para que sus miradas se cruzaran y el deseo de besarse se convirtiera en realidad. Cuando los labios de ambos se juntaron, parecían que miles de chispas salieran de sus bocas. El deseo y la pasión al besarse demostraba que era lo que ambos anhelaban.

Tómas se inclinó ante ella posándose de rodillas en el suelo. Sus manos sujetaban las caderas de Valeria y se paró ante ella para verla. Con su mirada recorría admirando cada milímetro, cada detalle que se pudiera destacar del cuerpo de su cuerpo. Admiraba la perfección que ésta le mostraba. El saber llevar aquel picardías de seda con tanto glamour. Mientras él miraba, ella se iba desnudando, como si leyera el pensamiento de Tómas.

Fue bajando lentamente los finos tirantes del picardías, éste no caía aún al suelo, cosa que impacientaba el deseo de Tómas por verla desnuda. Cuando las manos de Valeria se dirigían a los costados del picardías para bajarlo, Tómas no pudo evitar darle un beso en el escote. Estaba alucinado con la perfección de aquella mujer, ya no sólo era físico, sino que cada detalle, cada gesto de ella, le hacían desearla aún más.

La seda del picardías se fue deslizando suavemente por el cuerpo de Valeria al caer, dejando sus pechos desnudos y su cuerpo ahora cubierto tan sólo por un tanguita negro.

Poco duró esa prenda de ropa en el cuerpo de Valeria, al igual que el traje de Tómas, que acabó esparcido por el suelo del salón. Tómas y Valeria comenzaron a disfrutar el uno del otro sin parar. El sudor de sus cuerpos olía a placer, la conexión sexual que sintieron despertó en ambos un apetito abismal que desembocó en múltiples encuentros furtivos y mucha lencería fina arruinada por el frenesí del momento. Pero a Valeria no le importaba, porque más excitante que presenciar cómo Tómas le desgarraba la ropa ávido de lujuria, era ir a comprar lencería sexy en Sexydream.es, su tienda preferida.

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