Se acercó con mirada juguetona y un movimiento sinuoso, como cada vez que se tenía que duchar, para que su ama le quitara el candado que cerraba la cinta de terciopelo ceñida a su cuello. Una cinta granate igual a la que usaba su Ama de pulsera; un candado en forma de corazón para una y una llave a juego para la otra, representaban sus roles y sus lazos.

Mientras una se desvestía, la otra disfrutaba ya del calor del agua. El vapor empañaba el cristal que, translúcido, separaba a las dos amantes entre dos mundos. El agua tenía el poder de diluir los problemas del día a día, mientras el subconsciente emanaba nuevos pensamientos, transcendentales, que la alejaban de la realidad, dándole una perspectiva de ente etéreo y atemporal. El leve repiqueteo de las gotas, constante, monótono, era como una mantra; la corriente de agua fluyendo, ad eternum.

La voz de su compañera la desveló del ensueño en cual se hallaba sumida.

Su delgado cuerpo, esbelto, blanca tez, delicada como un pétalo, melena rubia cayendo sobre sus hombros, marcando una cascada de oro sobre su pecho, cortando la línea sus clavículas… Volvía al mundo del ensueño, uniéndose ambas bajo la lluvia artificial, deslizando su muslo sobre el de ella, su mano acariciando su espalda, los ojos cerrados, sus labios templados, húmedos…

Un leve rubor cruzaba su rostro, el corazón ligeramente acelerado, conteniendo el aliento por un momento. Cogió gentilmente entre sus manos la esponja espumosa y dejó que escurriera sobre la piel de su sumisa, intercalando caricias y besos, lavando su cuerpo y su alma, despojándola de su ser, disponiéndola a su merced.

Ducha sexy

El aire frío al salir del micro clima de su cubículo contrastaba fuertemente y su piel reaccionaba involuntariamente, pero una vez aclimatada, ya no necesitaba el albornoz.

Se encontraron en la suavidad afelpada que cubría la cama de rojo escarlata, desnudas, despreocupadamente sensuales. La conversación giraba en torno a un tercer personaje.

No tardó en aparecer, a reclamo de las chicas. Él se había duchado poco antes y se encontraba enfrascado en su tarea, pero no era suficiente motivo como para omitir ese canto de sirena.

En un instante el joven se debatía presa de los ataques de sus sirenas que, a dentelladas, le arrancaban risas y pequeños gemidos y sufría pequeñas sacudidas a causa de sus afilados dedos rozando su carne. Aquella noche no tenía la potestad sobre la sumisa o sobre sí mismo.

Su Ama dictó sentencia: sería el juguete sexual de la sumisa y, cuando ésta acabase, le serviría a ella misma.

La joven de pelo rubio acercó su boca a la zona más sensible, bajándole los calzoncillos con ligereza. Empezó lamiendo el tronco del pene, con suavidad, utilizando solo la punta de su lengua.

Después empezó a juguetear con el pequeño arito que decoraba el glande, dando pequeños toques en el metal, deslizando la punta de la lengua por dentro de la circunferencia, atrapando el piercing entre los labios… Dibujó un par de círculos rodeando el glande con toda la lengua antes de introducirlo completamente en su boca. Había estado practicando la “garganta profunda” así que no le fue difícil hacer desaparecer el miembro palpitante en su cavidad, húmeda, caliente.

Sin permitirle correrse, cambió de objetivo. Se centró en las protuberancias inmediatamente por debajo. Había sido un buen chico; iba bien depilado. La piel era similar a la de los pezones, contrayéndose con la temperatura y el tacto. Empezó con un breve tanteo, contorneando, succionando la piel que las contenía, después envolviéndolas con su boca, succionando más fuerte haciendo presión contra el paladar.

El líquido preseminal empezaba a gotear sobre su abdomen. Ella cogió un preservativo, presionó la punta ligeramente entre los labios; con los dedos, dio medio giro a la parte que quedaba fuera de su boca y lo centró sobre el pene, deslizando sus labios por el tronco, desenrollando el condón con cuidado.

Tras acabar de colocarlo, se situó encima de él, montándolo. Se sirvió de sus manos para hacerlo entrar, pues al llevar algunas semanas sin penetración, estaba más apretada de lo normal, de forma que los movimientos bruscos se sentían como rozaduras, pero estas asperezas no le resultaban del todo desagradables. Tenía la costumbre de practicar el sexo de forma salvaje y una gran tolerancia al dolor.

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A diferencia de otras veces, en esta ocasión se mostraba dominante y lo cabalgaba con brío y desenfreno en una lucha por el placer, ora ella, ora él, gritando, gimiendo y entregándose mutuamente, hasta que él tomó las riendas cambiando las tornas, tomándola sin piedad, doblegándola a su parecer, colocándola debajo de sí, con las piernas de la joven apoyadas en sus robustos hombros y embistiéndola rítmicamente en una lucha agónica hasta explotar de placer.

Una vez satisfecha, cedió su lugar a su Ama, quien había presenciado la escena deleitándose los sentidos. Disfrutando de los cuerpos de sus sumisos, de su olor, sus gemidos, su deseo, su pasión…

El cambio fue remarcable; donde antes hubo desespero ahora había autocontrol, serenidad en lugar de locura, poder en vez de sumisión. Ahora el ritmo lo marcaba ella, el cómo y el cuándo. Él pasó de objeto de deseo a objeto sexual. Útil, pero sin un propósito propio más allá de servir y obedecer.

Sus finas manos acompañaron la cabeza del joven con elegante determinación hacia su zona íntima. Él apartó el vello púbico e introdujo su lengua entre los labios mayores. Su saliva iba humedeciendo la zona tornándola acuosa y sedosa, un fruto cálido y turgente en el que moldear un racimo de dulces orgasmos hasta que ella dijo “basta”.

Con el nuevo preservativo a punto y en ristre, dejó nuevamente que se le subiera una dama. Al faltar ese toque masoquista, la operación fue más cuidadosa y con una orden bien clara: no mover ni un músculo. A lo que obedeció sin rechistar a pesar de los esfuerzos que debía hacer para mantener su palabra. Sofocaba como podía los pequeños espasmos involuntarios que le recorrían el cuerpo, al sentir como nuevamente se abría camino hacia el interior de unas paredes vaginales poco dadas al uso, pero pronto adaptables gracias a la lubricación y la excitación.