—Córrete perra! Es una orden!
—Jajajaja!
—¿Te parece gracioso?
—Sí.
—¿Y tú te haces llamar sumisa?
—No sé para qué pierdo el tiempo con sujetos como tú.

Dejando de lado la excitación que había empezado a aflorar en mi interior, el hormigueo en las yemas de los dedos, las punzadas de deseo que recorrían mis zonas más sensibles con cada latido, me daba perfecta cuenta de que esa situación no conduciría a nada. Lo sabía al mirarle a los ojos, lo sabía al oír el tono de su voz, al sentir sus manos dudando a la hora de agarrar mi cadera.

Nos conocimos por una de esas webs de contactos, lo típico, lo dejas con el novio, tus amigas intentan consolarte, un clavo saca otro clavo, te dejas liar, y mira. Las ilusiones, la esperanza de poder olvidar en otros brazos… pero no.

Volví a mi apartamento con un sentimiento de dolor en el pecho. Añoranza, vacío, deseo, fantasías de un día más juntos. Con los ojos empañados y aguantando la respiración introduje la llave en la cerradura a toda prisa y, una vez dentro, solté una bocanada de nudos, espinas, oscuridad y silencio.
El frío dolía en mi piel, haciéndome sentir más pequeña, el minúsculo piso parecía ahora una vasta explanada, árida y sombría. La mortecina luz de un lejano letrero dotaba cada objeto de una lánguida sombra, como un extensión retorcida y deformada, a juego con mi alma.

Los recuerdos recientes se agolpaban en mi mente como destellos, incompletos, inconexos, angustiosamente confusos. ¿Qué hacía yo allí?¿Estaba preparada para tener algo más? ¿Por qué no era capaz de poner en orden mis sentimientos?

Sin saber cómo, me encontré estirada sobre la cama acariciando mecánicamente las sábanas donde había estado él. Todo era muy reciente, mi cuerpo aún le necesitaba. Aquel chiquillo que había dejado hacía no más de veinte minutos no podía llegar hasta lo más profundo de mí, porque no era Él. Y yo no pensaba permitírselo, ni a él ni a nadie. Solo yo podía deslizarme por mis recuerdos, saboreando ese dulce dolor, sufriendo esa sonrisa, esa lengua, esa marca sobre mi piel.

Masturbación erótica

Con los ojos aún cerrados y su olor en mi memoria, busqué el vibrador que guardaba en el primer cajón de la cómoda, junto a la lencería. Su tacto sedoso contrastaba con las puntillas de encaje del camisón que me regaló para nuestro segundo aniversario. Olvidando el mundo por un instante, me imaginé rodeada por sus brazos con el picardías puesto y sin bragas, como teníamos acordado. Recordé aquel azote por habérmelas puesto para provocarle, la sensación de cosquilleo, la adrenalina, el impacto, el calor. Imaginé nuestro calor fundiéndose, sus manos recorriéndome, su rostro lejano oculto entre la oscuridad, y yo, de rodillas, con grilletes en los tobillos, arrastrándome a sus pies mientras el silbido de la fusta cortaba el aire.

Sabía que no me permitiría tocarme aún, pero mi interior gritaba por Él. Mi cuerpo se debatía entre oleadas de deseo, pequeñas contracciones inundaban mi vagina de una deliciosa necesidad, mientras arqueaba mi espalda con cada punzada. Mi lengua buscaba la suavidad de sus labios, de su saliva, de su glande… el fino tacto de la silicona del vibrador se introducía furtivamente en mi fantasía y transformaba la imagen en su miembro envuelto en látex. Ardía por dentro, un infierno de emociones luchaban por salir mientras el instinto carnal bloqueaba toda cordura. Con el primer “click”, un monótono ronroneo se instaló como música ambiental y acariciaba los valles de mi cuerpo, dibujando sinuosos ríos mientras mi mente se desvanecía. De nuevo en mis pensamientos, se alzaba frente a mí cubierto de látex y con la vara entre las manos, solemne, imponente. Debía ser cuidadosa a la hora de hacerle una felación, pero esta vez tenía miedo. Miedo de olvidar, miedo de que llegasen a cicatrizar las heridas que con su fuego grabó en mí. Quería más, quería sangrar, quería que hurgara en mis carnes laceradas, que cayera como u

Beso erótico

na tormenta sobre mí y que esa intensidad, ese poder, esa fuerza, me abrazara para siempre.

Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras, anhelante, luchaba por alcanzarle. Al segundo “click” se sucedían rítmicamente pequeñas sacudidas que mi mente transformaba en golpes de vara, en mis pechos, en mis pezones, en las palmas de mis manos… Quería sentir su tortura más allá del dolor y el placer. La vara se acercaba a mi pubis, mi respiración se aceleraba.

El olor característico del látex impregnaba el lugar, me embriagaba. A pesar de la penumbra, desde mi posición podía ver las hebillas de sus botas brillar con el movimiento, andando a mi alrededor, parándose entre mis piernas, levantando levemente su pie derecho y dejándolo descansar sobre mi sexo. Tercer “click”. El temblor es progresivo, in crescendo, desde un leve rumor hasta una fuerte vibración, tenaz y electrizante. La suela de su bota se clava en mi piel, cada vez con más peso, presionando con deliberada lentitud, pero con determinación. Apenas puedo moverme. Estoy expectante.

Le pido permiso para hablar. Gimo su nombre y un “por favor”. Me regala una mirada de desprecio mientras se hunde en mi interior.

Estoy tan lubricada que el consolador se desliza fácilmente dentro de mi vagina. Cuarto “click”. Todo mi cuerpo está en tensión, una fuente de energía creadora que se dispersa en todas direcciones recorriendo mi ser y cuyas réplicas se diluyen remanentes alargando la pequeña muerte, solo un poco más, hasta que no son más que un eco en una nueva sala, diáfana, donde el miedo y la soledad no tienen cabida, donde yo soy todo lo que necesito, hasta que las paredes se desconchen, se cuarteen las baldosas y me dé cuenta de que el infierno de su ausencia sigue siendo mi morada.

por Renard Dufeu